Enrique Dans Implicaciones éticas del big data
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Escrito por Enrique Dans

A medida que vas entrando más y leyendo más sobre el desarrollo de la gran tendencia que representa Big data, más fuerza van tomando las consideraciones acerca de las implicaciones éticas de una tendencia absolutamente imparable.

A esas alturas, resulta evidente ya que Big data es ya una tendencia en clara consolidación que protagonizará el panorama tecnológico de los próximos años. Hablamos de algo que va a diferenciar claramente a las empresas capaces de extraer información del ecosistema de aquellas incapaces de hacerlo, de un conjunto de aplicaciones de gran potencia analítica que actúan sobre una información que, de manera creciente, los usuarios depositan en el espacio público o entregan directamente en aplicaciones de todo tipo.

Descartando visiones paranoides al respecto, pero intentando anticipar el uso que los diferentes actores implicados pueden hacer de Big data como tecnología, deberíamos empezar por considerar que un estudio detallado de los datos generados por un usuario en todos los formatos posibles estructurados o no, unidos a una cantidad similar o mayor de los llamados shadow data (accesos, búsquedas y datos no explícitos de todo tipo que también quedan almacenados), son susceptibles de ofrecer una visión de la persona que supera con mucho el conocimiento que la persona tiene de sí misma. ¿Piensas que te conoces? Pues no tiene nada que ver con las conclusiones que podrías intentar extraer de un análisis de toda tu actividad, consciente y no consciente, en una red que lo retiene todo. Y menos todavía con las que puedes derivar de un análisis comparativo con otros miles de personas. Tendencias, comportamientos, influencias, secuencias… originadas en nuestro propio comportamiento y en el creciente flujo de información que decidimos compartir. Recuérdalo: hablamos de todo, desde los sitios que frecuentas (geolocalización) hasta la semantización de tus comentarios, pasando por cualquier dato que generes en una aplicación determinada a la que una empresa pueda tener acceso: un nivel de analítica inimaginable.

¿Qué información suministramos de manera completamente voluntaria y sin presión alguna? Millones de personas hacen pública voluntariamente su geolocalización en determinados momentos (Foursquare, Twitter, Instagram, etc.), su estado de ánimo, sus intereses, sus opiniones, lo que están viendo en la televisión (Miso, GetGlue…), lo que les llama la atención, las personas con las que dialogan o intercambian opiniones, su mapa de influencias y relaciones… todo un mundo de información con estructuras diversas o sin estructurar, en múltiples formatos, entrelazado por relaciones de todo tipo, y condicionado únicamente por un “quién tiene acceso a qué”. Un dato público es un dato público. Suministrado voluntariamente a cambio de una propuesta de valor determinada (comunicarte, compartir, aprender, socializar de alguna manera) y vinculado a un perfil. Semantizable, con capacidad muchas veces de asociar un sentimiento positivo, negativo o neutro a una palabra, a una marca, a una idea. Estamos únicamente rascando la superficie de todo esto.

¿Es posible de alguna manera limitar el uso que las compañías hacen de estos datos? Mi impresión es que no. Que estamos evolucionando lentamente a vivir en un mundo en el que, de manera inevitable, las compañías pasan a saber qué compras, cuándo compras, con qué frecuencia, cuándo consumes, con que actitud, con quién… y no porque te estén “espiando”, sino porque tú mismo se lo cuentas. Estamos experimentando ya procesos de comunicación bidireccionales que, por novedosos, nos resultan sorprendentes: empresas que auditan constantemente la conversación y reaccionan ante menciones de productos, de marcas, de opiniones. ¿A dónde nos lleva un uso mucho más exhaustivo de los datos, analizados en su conjunto? Nuestra información, segmentada por las posibilidades que cada uno tiene de tener acceso a ella: si en la época del CRM aprendimos a medir los negocios en términos de “intensidad informativa” y “nivel de permiso” para utilizar esa información, ahora este tipo de variables cobran todo su sentido: el mejor competidor en una industria determinada será el que sea capaz de extraer una intensidad mayor de información y sepa tratarla de manera respetuosa, que no redunde en una sensación de “invasión” o de pérdida de privacidad de sus usuarios. Todo ello, además, en un contexto en el que la propia idea de privacidad se encuentra en profunda revisión y evolución generacional.

¿Qué pasa el primer día en que una empresa empieza a saber el tipo de argumentos a los que eres más sensible, y es capaz de dirigirte un mensaje publicitario adaptado a determinados rasgos de tu personalidad y a la expresión de tus preferencias en función de la información pública que has estado generando? ¿Y si en vez de hablar de una empresa hablamos, por ejemplo, de un partido político? ¿O de la Administración, del Estado? ¿Puede un Ministerio de Hacienda utilizar la información que los ciudadanos generan públicamente para, sin ir más lejos, revisar sus declaraciones de impuestos o localizar indicadores que hagan saltar las alarmas oportunas? Si le estás contando al mundo qué haces, qué te compras, qué te gusta, dónde estás, qué ves y mil cosas más… ¿puedes evitar o de alguna manera influir en que toda esa información sea analizada? ¿Hasta qué punto puede o debe cambiar el marco normativo y, sobre todo, el código ético con el que nos enfrentamos al procesamiento de información?

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